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Los discursos de odio, matan
Enviado el 25 de octubre, 2025

Fui a ver “Belén” hace unos días. Como casi todas las personas que la vieron, salí del cine con un nudo en la garganta y muchas preguntas que todavía me persiguen. Hay una escena que me quedó grabada. Belén, sola, esposada en una camilla de hospital. Su cuerpo acusado, su dolor, condenado. En cambio de estar en compañía, un grupo de personas la rodeaba en una imagen que condensa todo: la injusticia, la desigualdad y la violencia institucional que atraviesa a tantas mujeres pobres en nuestro país.
La película, dirigida por Dolores Fonzi —que ojalá compita por los Oscars como película extranjera— reconstruye la historia real de una chica tucumana que fue criminalizada por un aborto espontáneo y que estuvo más de dos años presa por un delito que nunca cometió.
Más allá del caso judicial, Belén revela algo más profundo: cómo funciona un sistema que sospecha de las mujeres, que castiga la pobreza y que abandona a quienes más deberían cuidar las instituciones. La historia de Belén vuelve a doler, pero también interpela. Porque mientras en la pantalla vemos cómo la falta de empatía institucional puede arruinar vidas, afuera —en la vida real— asistimos al regreso de discursos de odio que niegan la violencia de género, la banalizan o directamente la justifican. Discursos que se cuelan en los medios, en la política y en las redes, alimentando una crueldad cotidiana que ya no se disfraza. El negacionismo se volvió consigna, y el machismo, discurso de poder.
Lo que le pasó a Belén no es un hecho aislado: forma parte de la misma trama que sigue dejando a tantas mujeres sin protección, que sigue naturalizando la violencia hasta que se vuelve irreversible.
Aunque creímos que habíamos dado muchos pasos hacia adelante, porque discutimos leyes, abrimos debates públicos, nos manifestamos en las calles, y pusimos la voz y el cuerpo en las lucha, los números siguen siendo escalofriantes. Cada semana nos enteramos de un nuevo femicidio, de otra mujer que no volvió a su casa, de otra familia que se queda sin respuestas. Nueve muertes, en cinco días: Daiana, Solange, Adriana y Mariana, Mónica, Ayelén, Gabriela, Luna y Mariel (a quienes me niego rotundamente a llamar “casos”), nos recuerdan que nada de esto es abstracto: la violencia de género no da tregua, y nuestras instituciones siguen sin protegernos como deberían.
Es doloroso y agotador ver que, aún cuando la sociedad pone en debate estas cuestiones, y millones de mujeres luchamos por espacios seguros y políticas de prevención, seguimos pidiendo lo más básico: que nos dejen de matar, que nos escuchen, que se nos respeten. Que actúen antes de que la tragedia nos golpee.
Y vuelvo a Belén como disparador porque es una película que nos obliga a mirar y re pensarnos, porque la justicia y la igualdad todavía no son para todas, y que la lucha sigue siendo urgente. Belén nos recuerda que cada avance es frágil si no hay compromiso real del Estado, de la sociedad y de quienes ocupan espacios de poder. Que los discursos de odio no sólo hieren simbólicamente: matan. Y que la memoria de lo que pasó —y sigue pasando— debe ser la brújula que guíe nuestra acción.
Porque no podemos esperar más. Cada historia, cada nombre, cada vida que se pierde exige nuestra voz, nuestra acción y nuestro compromiso. Seguir luchando no es una opción: es la única manera de que, algún día, podamos mirar atrás y decir que no fue en vano.
Con cariño,
Lione.
